El Bautismo es el primer sacramento de la vida cristiana y la puerta de entrada a la Iglesia.
Por medio del agua y del Espíritu Santo, la persona es liberada del pecado, nace a una vida nueva y se convierte en hijo de Dios. No se trata solo de un rito externo, sino de una verdadera obra de la gracia, por la que el Señor toca el alma y la incorpora a su pueblo.
Jesús mismo quiso el Bautismo y mandó a sus discípulos bautizar a todas las naciones. Por eso, desde los primeros tiempos, la Iglesia ha reconocido este sacramento como el comienzo del camino cristiano.
En el Bautismo recibimos una vida nueva en Cristo. Somos hechos miembros de la Iglesia, templo del Espíritu Santo y partícipes de la misión cristiana. Es un don inmenso que deja una marca espiritual para siempre.
Aunque muchas personas reciben el Bautismo siendo niños, este sacramento está llamado a dar fruto durante toda la vida. Por eso, no basta con haber sido bautizado: es necesario vivir como bautizados, creciendo en la fe, en la oración y en el amor a Dios.
El Bautismo nos recuerda que no pertenecemos a la oscuridad, sino a la luz de Cristo. Hemos sido llamados por nuestro nombre, acogidos por el Señor y enviados a caminar como hijos de Dios en medio del mundo.
En el Bautismo recibimos dones muy grandes:
el perdón del pecado original
el nacimiento a una vida nueva
la filiación divina
la incorporación a la Iglesia
la presencia del Espíritu Santo
el comienzo del camino sacramental
El Bautismo es importante porque es el fundamento de toda la vida cristiana.
Sin él no se entra plenamente en la vida sacramental de la Iglesia.
Es el sacramento que abre la puerta a los demás, y por eso ocupa un lugar central en la fe cristiana. Desde él comienza una historia de gracia, de conversión y de pertenencia a Cristo.
Recordar nuestro Bautismo es recordar que Dios nos ha amado primero.
Cada bautizado está llamado a vivir con fidelidad esa gracia recibida, renunciando al pecado, buscando al Señor y dejando que la fe crezca día a día.
Vivir el Bautismo es vivir como hijo de Dios, con esperanza, con humildad y con el deseo de caminar siempre en la luz de Cristo.