San Mateo fue uno de los doce apóstoles de Jesús y su figura tiene una fuerza muy especial dentro del Evangelio, porque en él contemplamos de manera muy clara el poder de la llamada de Cristo y la fuerza transformadora de la misericordia. Antes de seguir al Señor, Mateo era publicano, es decir, recaudador de impuestos. En su tiempo, este oficio era muy mal visto por el pueblo, ya que muchos publicanos eran considerados colaboradores del poder romano y, en no pocos casos, personas injustas o movidas por el interés económico.
Por eso, la vocación de Mateo tiene una profundidad enorme. Jesús no llamó únicamente a hombres ya admirados o bien considerados por los demás, sino también a personas que cargaban con una historia complicada, con una reputación dañada o con una vida que necesitaba ser transformada. Mateo representa de una manera muy viva a aquel ser humano que, aun estando marcado por su pasado, es mirado por Cristo con amor y llamado a una vida nueva.
El momento de su llamada es breve en el Evangelio, pero de una fuerza inmensa. Jesús pasa, lo ve sentado en el lugar donde cobraba los impuestos y le dice simplemente: “Sígueme” (cf. Mt 9,9). Y Mateo se levanta y lo sigue. Esta escena, aparentemente sencilla, es en realidad profundamente conmovedora. Nos muestra que una sola mirada de Cristo puede cambiar una vida entera. El Señor no le hace primero un largo reproche, ni le exige una explicación detallada de su pasado, ni espera a que sea perfecto para llamarlo. Lo mira, lo llama y le abre un camino nuevo.
En este gesto vemos con claridad que la gracia de Dios tiene poder para romper cadenas interiores y abrir horizontes nuevos. Mateo estaba sentado, instalado en una vida concreta, con sus seguridades, sus costumbres y quizá también sus heridas o vacíos. Pero cuando escucha la voz de Jesús, se levanta. Ese levantarse tiene un valor muy simbólico. Es signo de conversión, de decisión, de abandono de una vida anterior para comenzar otra bajo la guía del Señor.
La vocación de San Mateo es, por tanto, una gran enseñanza para toda la Iglesia y para cada cristiano. Nos recuerda que nadie está excluido de la llamada de Dios. A veces el ser humano tiende a clasificar, a juzgar rápidamente o a pensar que ciertos corazones ya no tienen remedio. Pero Cristo mira más hondo. Él ve no solo lo que una persona ha sido, sino lo que puede llegar a ser por la fuerza de su gracia. En Mateo contemplamos precisamente eso: un hombre alcanzado por la misericordia y transformado en discípulo y apóstol.
Después de su llamada, el Evangelio cuenta que Mateo ofreció un banquete en su casa, y que allí se reunieron publicanos y pecadores junto con Jesús y sus discípulos. Este episodio también es muy importante. Por un lado, muestra la alegría del encuentro con el Señor. Mateo no vive su llamada como una carga triste, sino como un acontecimiento tan grande que desea celebrarlo. Por otro lado, pone de manifiesto la actitud de Jesús hacia los pecadores: no los rechaza, sino que se acerca a ellos para sanarlos y llamarlos a la conversión.
Cuando los fariseos critican que Jesús coma con publicanos y pecadores, el Señor responde con unas palabras memorables: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” y “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (cf. Mt 9,12-13). Estas frases ayudan a comprender la profundidad de la vocación de Mateo. Él no fue llamado porque ya fuera un modelo de perfección, sino porque necesitaba salvación y porque abrió el corazón a la misericordia.
Esto tiene una enseñanza enorme para la formación cristiana. La vida de fe no comienza porque uno ya sea perfecto, sino porque se deja encontrar por Cristo. Muchos temen acercarse a Dios porque se sienten indignos, heridos o marcados por errores del pasado. Pero Mateo nos recuerda que precisamente ahí puede empezar la obra de la gracia. Cristo no espera a que el hombre se salve a sí mismo para llamarlo; lo llama para salvarlo.
Además, San Mateo ocupa un lugar muy importante en la vida de la Iglesia porque la tradición le atribuye el Evangelio según San Mateo. Esto es muy significativo. Aquel hombre que antes se dedicaba a contar dinero y a gestionar impuestos fue transformado por Dios en testigo del Reino y transmisor de la Palabra. Su vida es una prueba preciosa de que el Señor no solo perdona, sino que también da una misión nueva. La misericordia de Dios no se limita a borrar el pasado; abre también un futuro fecundo.
El Evangelio de Mateo tiene una riqueza inmensa para la vida cristiana. En él encontramos una fuerte presencia de la enseñanza de Jesús, una conexión profunda con las promesas del Antiguo Testamento y un claro llamado a vivir la justicia del Reino. Todo ello hace todavía más hermosa la figura del apóstol: quien fue llamado desde una situación cuestionable se convierte en instrumento para transmitir la verdad del Mesías a generaciones enteras.
San Mateo nos enseña también que la conversión no es solo un sentimiento interior, sino una decisión concreta. Él se levantó. Dejó atrás una forma de vida y se puso en camino tras el Señor. Esta enseñanza sigue siendo actual. La gracia toca el corazón, sí, pero también pide respuesta. La misericordia de Dios no es excusa para seguir igual, sino fuerza para comenzar una vida nueva.
En un mundo en el que muchas personas cargan con culpas, heridas, historias rotas o etiquetas difíciles de quitar, la figura de San Mateo es especialmente luminosa. Él nos dice que Cristo sigue pasando, sigue mirando y sigue llamando. Y que ningún pasado, por oscuro que parezca, es más fuerte que la misericordia de Dios cuando el alma responde con sinceridad.
San Mateo ocupa un lugar muy valioso en la vida de la Iglesia como testigo de la misericordia y como ejemplo de una conversión verdadera. Su vocación recuerda constantemente que el Evangelio es buena noticia para todos, también para quienes se sienten más lejos, más manchados o menos dignos.
Además, su papel como evangelista lo convierte en una figura especialmente importante para la transmisión de la fe. En él se une la experiencia de haber sido salvado personalmente por Cristo y la misión de anunciar a otros esa misma salvación. Por eso, San Mateo representa muy bien al discípulo que no solo recibe misericordia, sino que también se convierte en instrumento para comunicarla.
San Mateo nos enseña que nadie debe desesperar de sí mismo ni pensar que está demasiado lejos de Dios. Su vida es una prueba de que Cristo puede llamar, perdonar y transformar incluso allí donde muchos solo verían pecado o fracaso. También nos recuerda que la verdadera conversión implica levantarse, dejar atrás lo que nos ata y seguir al Señor con decisión.
Su ejemplo nos anima a confiar más en la misericordia de Dios que en nuestras propias miserias. Nos enseña también a no juzgar con dureza a los demás, porque no sabemos lo que la gracia puede hacer en un corazón que se abre de verdad. Mateo nos invita a mirar a Cristo, escuchar su llamada y responder con prontitud y gratitud.
¿Creo de verdad que la misericordia de Dios puede transformar también mis heridas y mi pasado?
¿Estoy dispuesto a levantarme y dejar atrás aquello que me aparta del Señor?
¿Miro a los demás con esperanza cristiana o los encierro en sus errores y apariencias?